Anatomía desbordante/ Monstruos (des)encriptados: Sobre los cuadernos de Medina

Por Kira Xonorika Rojas

¿No son las taxonomías los modos de clasificación que reducen los excesos de la imaginación para producir objetos de conocimiento cuantificables? ¿Y no son los monstruos, por el contrario, las formas rebeldes que surgen cuando la imaginación se desborda de los límites de la razón?

Sasha Litvintseva y Ben Wagner


En la Europa medieval, el estudio de las estructuras anatómicas internas se realizaba de manera muy estilizada, incorporando texto que indicaba observaciones sobre sistemas arteriales, musculares y óseos. En las universidades, las primeras disecciones humanas, detallaron con una ingenuidad quirúrgica, la apertura de las cavidades, ya que, en aquella época, el análisis del cuerpo humano era restringido por autoridades cristianas. 

Para la escritora Emily Chewning, un momento en el cual se toma importancia del estudio anatómico, es cuando los profesores “ritualizan la práctica de disección de cadáveres en una performance, en la cual la conferencia magistral era realizada por éste, desde un trono” (1979). El mismo, necesitaba dos asistentes: el primero, un académico, que con una varita apuntaba la sección a ser estudiada en la disertación, el segundo era un carnicero que se encargaba de ejecutar las incisiones sobre el cuerpo. Si bien estos procedimientos formalizados, no sirvieron por mucho tiempo para el descubrimiento de nuevas pautas médicas, fue el trabajo de los ilustradores científicos lo que sirvió para impulsar reformas institucionales significativas1.

En este marco temporal, en tanto la ilustración anatómica se reservaba al dominio de las instituciones universitarias, las ilustraciones corporales congénitas eran distribuidas masivamente a través de la imprenta, ya que constituía una forma de comunicación de alcance más extendido, y capitalizaba como forma sensacionalista de entretenimiento, basada en el miedo.

En los siglos XV y XVI las condiciones genéticas “deformes’’ de recién nacidos, o condiciones de carácter dérmico, eran representadas como monstruos, a menudo esto traía consigo la noción colectiva de un “mal presagio’’ (Litvintseva & Wagner, 2021). 

Quizás los catálogos de bestias más difundidos han sido los del ilustrador científico Aldrovandi: “A través de la analogía visual, los límites entre categorías como humano, animal, vegetal y mineral se volvieron ambivalentes y fluidos en la ciencia moderna temprana europea” (Litvintseva & Wagner, 2021). Cuando observamos estas ilustraciones, encontramos que los monstruos tienen características definidas, a menudo son bestias fantásticas, cuya morfología puede integrar fragmentos de múltiples animales, o estar representadas en extensiones de gran escala. 

Los catálogos taxonómicos del ilustrador científico Aldrovandi creaban un sistema de significaciones que operaba sobre las políticas corporales de la época, la monstruosidad, semióticamente era indicativa de “advertencias divinas urgentes’’ y apocalípticas, de orden moral, que servían incluso para localizar-identificar sodomitas (Litvintseva & Wagner, 2021). 

El dispositivo biomédico y su taxonomía, históricamente ha estado permeado por valores epistémicos de quienes constituyen su infraestructura. Esta genealogía, al igual que muchos procesos coloniales de cognición en el capitalismo, ha mutado sus formas en la contemporaneidad. La figura del monstruo/bestia, ha sido operativa y recurrente para deslegitimar subalternidades sexo-genéricas (Phillips, 2014). La incongruencia monstruosa, transita, la abyección. Robert Phillips lo define como “el vago sentido de horror que permea las barreras entre el ser y el otro” (2014). La inestabilidad e incertidumbre patologiza y enmarca subjetividad, en tanto la polariza. 

Trayectoria epigenética

Como ha escrito Damián Cabrera sobre Medina, en la obra, “se evocan referencias del dominio científico-pedagógico, desplegando sobre objetos la observación y análisis, con nomenclaturas y números” (Cabrera, 2019). Marcelo Medina explora performativamente el rol de un ilustrador científico en translocalidad, que navega con desobediencia entre temporalidades no lineales y alteridades subjetivas, un coleccionista de bestiarios encriptados, que reflexiona sobre la condición anatómica de humanos y no humanos, bajo el umbral electrificado de encuentros fantásticos y eventos emocionalmente cargados. En su bitácora, el esquema analítico se encuentra disuelto en texturas tipográficas cuya lírica pareciera tomar por momentos, fragmentos de oraciones en lenguas latinas, desvinculados de alguna cualidad inteligible que permita evidenciar el propósito racional de la tarea. 

La gramática compositiva y el acabado de la obra pictórica, ofrece una apertura semiótica desde lo estético-historiográfico: las tradiciones de análisis taxonómico del aparato biomédico, del medioevo. En parte, el lenguaje desplegado en la sombría erótica de Medina es un estudio de la genealogía oscurantista. Esto no es un dato menor, si consideramos la cronopolítica que envuelve a Paraguay en sus mecanismos centralizados de manipulación, administración de información y recursos, en una atmósfera del miedo, es eco reverberante ‘desde el Stronismo’, como ha dilucidado el pensador Ticio Escobar (2021, pág. 188). 

Desde el lenguaje de la catalogación, Medina explora los desbordes físicos, estudioso de un trigger response. La obra podría ser la metáfora de aquello que no puede ser perceptible, o cuantificable a través de la mecánica oculocéntrica hegemónico-racional que opera a la luz de la urbanidad diurna: el delirio psicodélico y las fabulaciones nocturnas de los no-lugares. 

El artista ha retratado cadáveres afectivos que engendran tejidos larvarios, figuras de monstruos epigenéticos que han perdurado intergeneracionalmente, exhibiendo sus vísceras. El ejercicio de sublimar inside-out, en la que las pulsiones fantasmagóricas se encarnan, una vez que toman registro de un cuerpo vivo, al cual pueden devorar entre seducción y punción. El retrato de una fractura, en la intersección de ser cuir y cristiana, es un tema explorado en aristas y latitudes desde Bacon a Lemebel. 

En la literatura cristiana, existen relatos en los que Dios pone a prueba la fe, con el objetivo de entrenar olímpicamente, la tenacidad del espíritu humano en la experiencia encarnada. En el único texto inteligible de la muestra, un protagonista confiesa encontrarse paralizado, ante la fragmentación subjetiva experimentada de aquello no neutralizable, en su fe resquebrajada. Por una hendidura, se explora la desidentificación con el mundo de los vivos. 

Esto nos hace pensar en otra iteración de la monstruosidad, el cadáver exquisito, que ha estado presente en representaciones del cine mainstream como Toy Story o por excelencia, Frankenstein. Sin embargo, un ejemplo operativo, es el de Hedwig y la Pulgada Enojada (2001), ópera prima off-broadway de John Cameron Mitchell. Para la banda sonora, Stephen Trask compone una canción titulada Exquisite Corpse. La misma, es interpretada por la artista ficticia, Hedwig Robinson, al presentarse por primera vez en el Riverdale del Times Square. En la canción, la letra articula la noción de cadáver exquisito como un cuerpo compuesto de montajes, un collage (después de los surrealistas) que es un ensamblaje vivo, de partes móviles, trazadas en patrones aleatorios por aguja e hilo. 

Esta escena en el filme es particularmente significativa, en tanto el acto de interpretarla, para la cantante, le hace rememorar episodios turbulentos de impacto foto-sensitivo, a través de la narrativa autoetnográfica de su cuerpo2. La dislocación psíquica ocasionada por acercarse a las sensibilidades fibrosas de la memoria produce en ella un cambio subjetivo que posteriormente favorece instancias de integración del cuerpo postraumático. Para la teórica del trauma Cathy Caruth, la fractura abierta desafía a una “nueva forma de escuchar el testimonio, precisamente, de la imposibilidad” (1995, pág. 10).

La obra de Medina en su follaje serpenteante abre portales multidireccionales para el arte contemporáneo paraguayo: un estudio sobre las corporalidades deseantes y sus cosmologías alternas, contrastadas por la imaginación apocalíptica que envuelve a las arquitecturas del poder: lo necropolítico. Quizás, una reflexión sobre las intensidades de la vida, en interconexión con multiversos magnéticos y ubicuos de los zoomorfos y antropomorfos otros.


Bibliografía

  • Cabrera, D. (2019). Sobre Medina. Asunción.
  • Caruth, C. (1995). Trauma: Explorations in Memory. Baltimore: Johns Hopkins University Press.
  • Chewning, E. (1979). Anatomy Illustrated. New York: Simon and Schuster.
  • Escobar, T. (2021). Contestaciones: arte y política en América Latina: textos reunidos de Ticio Escobar : 1982-2021. Buenos Aires: CLACSO.
  • Litvintseva, S., & Wagner, B. (2021). Monster as Medium: Experiments in Perception in Early Modern Science and Film. e-flux Journal(116).
  • Phillips, R. e. (2014). Transgender Studies Quarterly. 1(1-2), 19-20.

1. Por efectos de la profunda moral patriarcal predominante de la época, el cuerpo de las mujeres tradicionalmente sólo podía ser retratado durante el periodo de gestación, en cuclillas, ya que estaba vinculado positivamente al rol de la maternidad, esto no cambiaría sino hasta el periodo renacentista, según Chewning.

2. Hedwig Robinson es la protagonista de la ópera prima de John Cameron Mitchell, Hedwig y la pulgada enojada (2001). El film, inspirado en un musical off-broadway, introduce el arco narrativo imagético-sonoro de evidencia que su creatividad artística funciona como vehículo de sublimación y neutralización de eventos traumáticos vinculados a la migración, el abuso sexual, el abandono, una operación de reasignación genital forzada y la usurpación de su proyecto artístico, por su amante Tommy Gnosis.