Prohibido no tocar: un recorrido táctil por “Espacios de lo imaginario” (2021) de Gilberto Padrón

Por Ofelia Meza

“Todo tiene lugar en el espacio, todo es el espacio o todo es espacio u ocupa un espacio, la materia y la antimateria; el lleno/vacío es el espacio dinámico o la dinámica de un espacio siempre en transformación, porque no hay principio ni fin, sino cambio incesante y transformación evolutiva o involutiva de una materialidad”

George Perec, Especies de espacios (1999)


¿Cuánto puede expandirse el espacio? ¿Qué otros mundos son posibles en la apertura pictórica de nuevas dimensiones? Estas parecen ser algunas de las preguntas que articula la muestra Espacios de lo imaginario (2021) del artista venezolano Gilberto Padrón. La galería Exaedro le da morada a la exhibición: es uno de los espacios que contiene la multiespacialidad habilitada en las piezas.  

Los primeros márgenes son constituidos por su espacialidad geográfica: la locación de la muestra. Los segundos, quizás, por los marcos que contienen el recorte de cada obra. Sin embargo, el universo de estas hace uso de las propias delimitaciones, contornos y fronteras para explorar otras dimensiones de lo sensorial. En lugar de fronteras: el cruce.  En lugar de líneas estáticas: el cuerpo. Esto resuena también, a lo lejos como quien cuenta una anécdota de un tiempo pasado, a la biografía de un artista que nace en un país, pero cuyas obras viajan por muchos otros. Las obras de Padrón abren, invitan y confunden. No hay nada que entender. Hay que imaginar, pero, sobre todo, tocar

La exhibición comprende obras distintas entre sí, si bien comparten –casi todas– técnica y soporte: acrílico sobre lienzo, la paleta de colores varía, como aquella de quien deja un sueño para ingresar en otro. Si tuviera que pensar una imagen que guiara al recorrido, esta sería: una persona viene caminando por un largo pasillo, de esos que funcionan como columna vertebral de alguna vieja casona, y abre una puerta, cualquiera. Lo que se encuentra detrás de esta es un misterio que permanece oculto, salvo que alguien se anime a ver aquello que se esconde.  

Al modo que lo piensa Perec (1999), los espacios nos constituyen como espectadores, nos atraviesan y, a su vez, son modificados por nuestra presencia. En las obras de Padrón nada empieza ni termina. Un gran agujero negro se come a otros. Uno irrumpe en ellas al igual que alguien ingresa a una situación ya en curso. En todo caso, podemos hablar de una transformación continua. Algo de lo que va sucediendo mientras nuestra mirada recorre los pasionales trazos en el lienzo tiene que ver con un descubrir: ¿A dónde miran esos cuerpos que habitan las piezas? ¿Se miran entre sí? ¿Se tocan?  

Una de las piezas de la exhibición resulta particularmente inquietante respecto a las interrogantes mencionadas anteriormente. En ella vemos un cuerpo femenino acostado sobre una superficie roja: una tela. Dos texturas conviven en el foco compositivo. Las paredes son grises y están cargadas de otras imágenes: son rostros. Esas otras imágenes miran –todas– rodeando a este cuerpo que se encuentra posando –sin rostro– de espaldas. En el extremo derecho vemos dos cuerpos más ingresando a cuadro. Existe un exterior, lo vemos por las aperturas de ese espacio y las miradas que constituyen distintos puntos de fuga.  

¿Para quién está posando ese cuerpo acostado, cuya presencia advierten todos esos rostros? ¿Quién lo pinta? Si bien estas preguntas exceden ampliamente el carácter representativo o no de la obra, hay algo que resuena de manera muy pregnante: la piel desnuda del cuerpo acostado. El espectador se incorpora al juego de miradas desde un lugar táctil, tiene la piel en primer plano y la propia lógica compositiva circular lo invita a verse sumido en ese universo. La mirada en este recorrido se torna táctil. No es cualquier objeto, es la piel que va trazando una silueta con rasgos antropomórficos identificables.  Pablo Murette en su libro El sentido olvidado: ensayos sobre el tacto (2017) sostiene que el tacto colabora con los otros sentidos para orientarnos de cierta manera en el espacio, concediéndonos –a su vez– la posibilidad de percibir nuestros propios cuerpos en tanto organismo vivo. Entre estas variables del tacto localiza el equilibrio, el movimiento y la velocidad. Es decir, aproximarnos desde un lugar táctil a una obra, así como sucede con la pregnancia del cuerpo en las piezas de Padrón, comprende un gesto afectivo. Después de todo, aquello que nos conmueve siempre se experimenta como una forma del tacto: el placer, el dolor y la contemplación estética. En un contexto de profilaxis exacerbada como lo es el de la tan cercana pandemia, las obras de Padrón invitan al cuerpo y su desorden, tan lejano a los barbijos y alcohol en gel que protocolarizan la tan necesaria distancia. Pero, la sensación táctil que producen estas piezas no puede ser ignorada, o, en términos de Maurette, olvidada. Si hay algo que hace una situación límite es enfrentarnos con la muerte, sin embargo, sobre cualquier otra cosa, logra ponernos cara a cara con la vida: con aquello vital que reside en el dorso de la palma del horror. El arte, en su más desencarnado sentido estético, nos invita a buscar la supervivencia intermitente de la vida y, el protagonismo del cuerpo en una exhibición como Espacios de lo imaginario (2021), nos pone en con(tacto) con aquella condición de la propia existencia que parece decirnos: prohibido no tocar.


Bibliografía

  • Maurette, Pablo (2017), El sentido olvidado: ensayos sobre el tacto, Buenos Aires: Mardulce.
  • Perec, Georges (1999), Especies de espacios (Trad. Camarero, Jesús), Barcelona: Montesinos.