Sobre el kitsch y los límites

Por Bruno Poletti

“Las cosas que aprendimos ya no son suficientes”

Curtis, Hook, Morris, & Sumner, 1979


Con el creciente flujo de información y el incesante contacto vía internet, cada vez más subcomunidades – algunas previamente relegadas a la marginalidad – van ganando tracción y desarrollándose como complejos fenómenos culturales. Gradualmente, dentro del contenido presente en redes, podemos observar una plétora de expresiones de variadas cualidades. Esta avalancha de cultura, que va incrementando su magnitud, diversidad y colores se contrasta con la mirada exclusiva y excluyente que ha tenido el occidente hacia el arte en toda su historia.  

La hegemonía cultural que esencialmente regía el valor de las expresiones artísticas poco a poco va perdiendo su masividad, ante un modelo de consumo algorítmico, en el cual los específicos determinan el nivel de interacción. Ahora mismo estamos vivenciando un abandono a la monocultura que definió el canon de estimación y valor de billones de obras, por una multicultura de inmensa cantidad de manifestaciones, donde incluso puede ser inútil comparar valorativamente o forzar en competencia dos fenómenos de diferentes comunidades. Existen distintos contextos, por lo que existen distintos estándares y criterios que van cambiando conforme a cada particularidad.  

Cotillón Kitsch surge entonces, no solo para demostrar esta fascinante coyuntura, sino también en un acto de insolencia dentro del circuito galerístico del país. La obra realiza un estudio histórico del “mal gusto”, y al hacer énfasis en ello, contrasta la dicotomía que sugiere, desvelando ciertas subjetividades ocultas del arte en una sutil irreverencia que brilla por su eclecticismo e invita a una introspección sociocultural inevitable. 

Dentro de la séptima edición de la Noche de Galerías, la exposición ofrece algo raramente visto en el país y en la escena local: arte fresco. Gorostiaga y Esedele – quién también realizó la curaduría junto con Liliana Segovia – sorprenden el evento con una instalación que audazmente cautiva en el encuentro, presentando un vistazo sumamente completo y actual a conceptos contemporáneos y relevantes. Más allá de las cuestiones planteadas en la obra misma, la muestra evoca otras interrogativas que gradualmente se van descubriendo como capas de profundidad.  

Entre esas interrogativas, quizá la más grande de todas es: quién determina el valor del arte, o bien, quién determina qué es arte y qué ocurre con el “no-arte”. 

La cuestión remite a la franqueza y el eje temático principal del Arte Pop (MOMA, 2021) de los años sesenta, que volteaba radicalmente el objeto del arte desde lo singular a lo más ordinario, haciendo de lo mundano un punto focal y como resultado, aumentando la accesibilidad para la audiencia (Khan Academy, 2021)

Pamela Taylor y Christine Ballengee-Morris afirman que:

“Históricamente, el estilo del arte pop y sus artistas pretendían hacer una declaración sobre el mundo del arte y la estratificación entre lo alto y lo bajo. En el pasado, el arte alto se refería primordialmente a las formas e imágenes occidentales, mientras que el arte bajo refería las formas e imágenes del folclor. Como los artistas pop de los 60s, hoy en día las feministas, teóricas críticas, educadoras y propulsoras de la multiculturalidad se encuentran en el frente del desafío a esta narrativa maestra.” (2003)

Desde una óptica heideggeriana, Cotillón Kitsch se apropia debidamente de las barreras genéricas en su cuna para mostrar la naturaleza del límite, no como aquello donde algo se acaba, sino aquello donde algo comienza (1951). Segovia rescata del olvido a Gorostiaga acompañándola con Esedele para presentar una mirada completa y global. Para las artistas, los límites valorativos en cuanto al “arte fino” y lo kitsch, lo burdo, es meramente un constructo hegemónico de un centro sesgado que lo absorbe todo y lo que no es de su interés lo expulsa. 

Este concepto a su vez es transpuesto a la trama paisana a través del elemento de cotillón, que funciona de maqueta para lo que representa el kitsch en Paraguay. Y nuevamente, en un giro meta-artístico, Multiarte, Esedele y Gorostiaga se delegan muy adecuadamente el trabajo de otorgar el cotillón al evento. La misma “teoría del arte” y sus paradigmas con respecto al rol que cumple (o “debería cumplir”) dentro de la sociedad es desafiada en la instancia, cuestionando su permanencia en el tiempo, qué significa para la humanidad y si su valor es aquel que se le atribuye comúnmente. 

El encuentro generacional de las dos artistas, además, produce una transfiguración de ambas ideologías temáticas, contribuyendo a la frescura de su presentación con una nueva perspectiva formada a partir de los restos que nadie quiso de un término. Es casi como si la muestra pretende reclamar el kitsch para generar una nueva clase de expresión consciente y envolvente, fundada en una esencia largamente holística. En su aspecto visual, acoge ampliamente de la cultura popular. Utiliza figuras conocidas, pero rechaza su simbología convencional, haciendo de ellas nada más un espejo vacío que nos devuelve la mirada, y a la vez se despliega para ser atravesado.  

Dentro de su contexto social, dirige la atención hacia las voces y los espacios que se encuentran en el margen de la élite. La exposición emplea desvergonzadamente una plataforma hecha principalmente con el objetivo de atraer clientes para mostrar una obra poco convencional dentro del mercado y sobresalir por su subversiva reflexión. El principal propósito de la muestra es interpelar, y considerando su posición en medio de las demás galerías, lo consigue distinguidamente.  

Gran parte de la teoría detrás de la obra y su problemática genealógica se encuentra, dentro de cierto parámetro, arrinconada y abandonada, si no es inexistente. Los géneros motivadores del eje temático (arte kitsch, arte naif, arte pop, etc.) si bien son reconocidos generalmente, aún se encuentran en escasez dentro de la corriente teórica, sobre todo en el Paraguay, incluso así Gorostiaga siendo considerada como relegada del circuito local. Estos hechos antecedentes a la obra contribuyen a su impacto, casi poéticamente, como una perfecta imagen de lo que se encuentra en su inherencia. De todos los artistas que exponen en Noche de Galerías, Multiarte presenta a dos que, contrario a lo que pueda aparentar, tienen una trayectoria importante, que sin embargo se encuentra en la periferia. Es así como Cotillón Kitsch constituye la espina dorsal del evento y cautiva a una audiencia joven que espera una audacia del mismo nivel. Su pertenencia en el recorrido de la Noche de Galerías, aunque parezca incoherente, es absolutamente necesaria. Esedele y Gorostiaga presentan una obra actual en mayúsculas, que cuestiona los mismos cimientos de sus coetáneos y predecesores, e incita a un cambio de perspectiva constante. De esta forma, logran cumplir su propuesta final: visibilizar lo invisible.


Bibliografía